Un hondureño hondea la Bandera en medio de una manifestación.
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Ingobernabilidad y sectarismo

Nos preocupa en sumo grado que Honduras haya entrado en un conflicto que nos ha colocado al filo de un manifiesto estado de ingobernabilidad.

Sectores de Libertad y Refundación no solo han declarado la ruptura de la alianza con el Partido Salvador Honduras, sino que rivalizan entre ellos. Sus acciones de protesta y demandas politizadas han venido en ascenso.

Los llamados colectivos de Libre no han cesado en sus irrupciones ¿o deberíamos llamarlas «asaltos» a hospitales, Direcciones Departamentales de Educación, Secretarías de Estado y diversas dependencias gubernamentales, donde presionan por obtener plazas laborales o  exigir la destitución de tal o cual funcionario?

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Es reprochable que incluso diputados del Congreso Nacional se hayan integrado en estos grupos de choque, con el objetivo de que se dé cabida por la fuerza a sus candidatos a ocupar puestos en distintos niveles del engranaje gubernamental.

No debemos dejar de lado que funcionarios de la Administración Central y de entidades descentralizadas y desconcentradas estén en el «ojo del huracán«, señalados de promover el nepotismo y de cometer abusos de todo tipo, en apenas cien días de gestión. Esto es reprensible.

El más reciente episodio de esta índole, por cierto muy vergonzoso, es el que ha tenido como sus actores al diputado Mauricio Rivera y a la delegada presidencial para el Programa Ciudad Mujer, Tatiana Lara, por el nombramiento de cargos dentro de la mencionada institución.

Tras liderar una protesta violenta en la sede de Ciudad Mujer en Tegucigalpa, el congresista por el departamento de Choluteca ha llegado a  vociferar una temeraria advertencia a todos los ministros: «A Mauricio Rivera se le respeta, porque soy el diputado más votado de Choluteca y no pueden pasar sobre mí».

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La propia presidente Xiomara Castro ha sido emplazada por los colectivos de Libre a remover a ciertos colaboradores integrados en su Gabinete de Gobierno, en razón de ser miembros de otra divisa política y de no haber sometida su  hoja de servicios a evaluación de las «bases de la Refundación».

Las pugnas por cuotas de decisión y de influencia política  que hemos presenciado en  apenas tres meses desde que la señora Castro llegó a la primera magistratura, son -por mucho- una pésima experiencia de intolerancia, absurdas imposiciones e irracional competencia por el ejercicio del poder.

Nuestra gran preocupación y pregunta es si vamos a permanecer los hondureños a merced de las actuaciones caprichosas y de la obcecación de grupos que aseguran defender los derechos del pueblo, pero que están creando anarquía.

Con ello, lo único que hacen es bloquear y desestabilizar los planes de buena gestión pública, además de conspirar contra el compromiso de la presidente de luchar por el bien común, la integración de Honduras, la reconciliación del pueblo y la  transformación del país. ¿Hacia dónde vamos?

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